El tema del fenómeno de El Niño, desde inicios del 2026, ha generado una avalancha de profetas nacionales y extranjeros. Algunos son expertos, pero otros predicen con ligereza una catástrofe de dimensiones incalculables basándose únicamente en el incremento de la temperatura del océano Pacífico. Lo que debe entenderse es que se trata de un fenómeno climatológico que abarca millones de kilómetros cuadrados del Pacífico tropical. La región Niño 1+2, que típicamente cubre desde 5°N a 5°S y se extiende a lo largo de miles de kilómetros, afecta una franja oceánica que puede superar los 20 millones de km². Sus efectos atmosféricos —las teleconexiones— influyen en gran parte de los trópicos y subtrópicos, e incluso en regiones de latitudes medias. En términos simples: sí afecta al Ecuador.

Debemos recordar que el clima es el comportamiento promedio del sistema atmosférico‑oceánico. El Niño se forma por la interacción entre la atmósfera y las temperaturas del agua. El movimiento general de la atmósfera responde a patrones persistentes de vientos que ascienden y descienden. Entre los elementos más relevantes, y que casi nadie menciona, está el efecto de Coriolis: no es una fuerza real, sino una consecuencia de la rotación de la Tierra. En el hemisferio norte desvía vientos y corrientes hacia la derecha; en el hemisferio sur, hacia la izquierda. Este efecto es fundamental para la circulación general de la atmósfera, la formación de ciclones y anticiclones, y la existencia de los vientos alisios, que son la base dinámica de El Niño y La Niña.

Para nosotros, los ecuatorianos, el foco debe estar en el debilitamiento de los vientos alisios y el recalentamiento del Pacífico sur. Ese calentamiento incrementa la convección: el aire asciende con más fuerza sobre las zonas más cálidas, formando nubes profundas, tormentas y lluvias intensas que se desplazan según los cambios en la temperatura del océano y la circulación atmosférica. La idea clave es simple: la atmósfera sigue al agua más caliente.

El ENSO (El Niño–Oscilación del Sur) divide su impacto en cuatro regiones según latitud y longitud. Ecuador se encuentra en la región Niño 1+2, que abarca desde 0° a 10°S y entre 80° y 90°O, con aproximadamente 1.5 millones de km². Aunque el núcleo oceánico del fenómeno puede abarcar entre 20 y 30 millones de km², las áreas afectadas indirectamente superan los 100 millones de km². Por eso, cuando escucho a ciertos “especialistas” decir que “ya veremos si nos afecta”, olvidan que El Niño no es un fenómeno local, sino planetario.

La decisión inteligente como país para protegernos depende de lo que determine el Gobierno. Si fuese consultado, recomendaría cuatro acciones prioritarias antes de que el problema estalle:

  1. Proteger el agro y su infraestructura.
  2. Proteger a las poblaciones más sensibles.
  3. Asegurar la infraestructura vial del país.
  4. Preparar al Estado para una respuesta integral.

Para financiar estas acciones sin afectar el presupuesto nacional, deben gestionarse líneas de crédito contingentes con los bancos multilaterales de desarrollo. Paralelamente, el MAGAP debe elaborar un mapa detallado de riesgos agroclimáticos por cantón y parroquia, sin esperar a que ocurra el desastre. Y es indispensable recordar que, después de un evento fuerte de El Niño, suele venir un periodo de sequía porque la atmósfera y el océano rebotan hacia el extremo opuesto del ENSO.

El mensaje es claro: así como se construirán muros de contención y se limpiarán esteros y ríos, también deben construirse grandes canales de conducción hacia embalses y albarradas en las zonas que hoy sufren sequía. Esas áreas, provistas de agua de riego, generarán producción, empleo y prosperidad. La mayoría solo ve el lado negativo del fenómeno, pero debemos ser proactivos y aprovecharlo.

Insisto: todas las inversiones en obras hidroagrícolas deben diseñarse para múltiples propósitos. Ecuador cuenta con más de 60 cuencas hidrográficas que nacen en la cordillera y desembocan en la costa o la Amazonía. La mayoría está desaprovechada por desconocimiento de la verdadera importancia del agua. Una solución estratégica es interconectar cuencas hidrográficas mediante canales, túneles, presas y sistemas de transferencia, lo que permitiría una gestión más eficiente del recurso hídrico y una mejor adaptación al cambio climático.

Históricamente, El Niño ha traído desastres y pérdidas de todo orden. Somos vulnerables, pero debemos prepararnos para lo peor y trabajar para mitigar su impacto. Anticiparse no es opcional: es la única forma de reducir daños. No hacerlo implica consecuencias más graves, costosas, prolongadas y difíciles de revertir. Esto no es una opinión: está documentado por décadas de estudios del Banco Mundial, CEPAL, NOAA y por la experiencia repetida en Ecuador, Perú, Colombia e Indonesia.

Ing. Pedro Alava González, M.Sc. [email protected] Sunrise, FL 33322

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