El fenómeno El Niño ha vuelto a instalarse en el debate nacional desde junio de 2026, y con él una avalancha de pronósticos, advertencias y hasta profetas improvisados. Algunos hablan con rigor; otros, con una ligereza preocupante, predicen catástrofes basándose únicamente en el aumento de la temperatura del Pacífico. Pero más allá del ruido, hay una verdad ineludible: Ecuador será afectado. No es una posibilidad; es una certeza física, climática y geográfica.
El Niño no es un evento local. Es un fenómeno planetario que cubre millones de kilómetros cuadrados del Pacífico tropical. Las regiones El Niño 1 y 2, que abarcan desde 5°N hasta 5°S, incluyen de manera directa al Ecuador. Pretender que “veremos si nos afecta” es desconocer la ciencia y la historia.
La dinámica atmosférica que origina El Niño —los vientos alisios, la convección, el efecto de Coriolis— no es materia opinable. Cuando los vientos alisios se debilitan y las aguas del Pacífico Sur se calientan, la atmósfera responde con tormentas profundas, lluvias intensas y desplazamientos violentos de humedad. La atmósfera sigue al agua cálida, y hoy esa agua cálida está avanzando hacia nosotros.
Para el sector agropecuario, la herramienta más confiable sigue siendo la ENSO, el sistema que monitorea la Oscilación del Sur. Ignorar sus alertas es condenar a agricultores, poblaciones rurales y al propio Estado a pérdidas que podrían evitarse con planificación.
Y aquí está el punto central: la prevención no es opcional. Cada dólar invertido antes del desastre ahorra millones después. Sin embargo, mientras el calendario avanza hacia la temporada lluviosa —faltan apenas cuatro meses— el país parece distraído por las elecciones seccionales, como si la política pudiera detener la lluvia.
Ecuador necesita actuar ya. No mañana, no después de los comicios. Hoy. Las medidas mínimas, urgentes y simultáneas son claras:
- Crear albergues equipados para recibir poblaciones vulnerables.
- Desazolvar esteros y reforzar muros en zonas bajas y productivas.
- Proteger la infraestructura vial antes de que colapse.
- Preparar al país para el peor escenario, no para el más cómodo.
Post-El Niño, el país deberá finalmente comprender que sus más de 60 cuencas hidrográficas no son un dato geográfico, sino una oportunidad estratégica. Las obras hidroagrícolas deben diseñarse para múltiples propósitos: protección, almacenamiento, riego, resiliencia. El agua no puede seguir desperdiciándose por desconocimiento o indiferencia.
Ecuador ha sufrido antes. Lo hará de nuevo si no se prepara. La vulnerabilidad es parte de nuestra geografía, pero la tragedia no tiene por qué ser parte de nuestro destino. Anticipar es la única forma de reducir el impacto. No hacerlo sería más que irresponsable: sería costoso, prolongado y difícil de revertir.
Este editorial no busca alarmar. Busca recordar lo evidente: El Niño no espera. Nosotros sí. Y ese es el verdadero riesgo.
