La agricultura ecuatoriana vive una crisis silenciosa pero profunda. Más de cinco millones de pequeños campesinos producen sin rentabilidad, atrapados entre prácticas obsoletas, intermediación abusiva, vulnerabilidad climática y un inminente Fenómeno de El Niño cuyos efectos pueden ser devastadores. La consecuencia es evidente: el campo dejó de ser viable, y la migración ya no es una opción sino un acto de supervivencia. Los cinturones de pobreza y delincuencia en las ciudades son, en gran parte, el resultado de un agro que no genera prosperidad.
En este escenario, es indispensable reconocer una verdad incómoda: no todos los profesionales agrícolas fueron formados para ver el mismo campo. Existen técnicos excelentes para administrar fincas, pero el país necesita algo distinto: un liderazgo capaz de diseñar sistemas, transformar estructuras y modernizar la agricultura desde sus cimientos.
El Ministerio de Agricultura no puede seguir en manos de administradores de campo ni de políticos sin formación técnica. El país requiere un profesional con visión ingenieril, pensamiento sistémico, experiencia territorial y capacidad de ejecutar un giro de 180 grados en la política agrícola. Un líder capaz de entender dónde están los verdaderos factores limitantes y cómo intervenirlos con subsidios inteligentes, focalizados y temporales.
El Ecuador necesita romper el ciclo de repetir lo mismo año tras año. La agricultura campesina requiere una agenda estructural seria, sostenida y técnicamente sólida. Y esa agenda empieza por reconocer que la rentabilidad del pequeño productor es un asunto de seguridad alimentaria nacional.
Para reconstruir el sector se necesitan tres acciones impostergables. Primero, recuperar los silos, centros de acopio y piladoras estatales, porque sin infraestructura pública el campesino vende obligado, nunca negociando. El país pierde millones por intermediación abusiva y, peor aún, ni siquiera se puede verificar físicamente su reserva alimentaria estratégica.
Segundo, dar un salto hacia la bioingeniería genética. No podemos seguir dependiendo de variedades como el banano Cavendish sensible al TR4 y poner nuestro futuro en la investigación en manos de Embrapa y no buscar simultáneamente otros centros de investigación de universidades como Berkeley o UC Davis donde podamos elaborar convenios de gobierno a gobierno con relativa facilidad, solo la edición genética nos llevara como país a otro nivel de productividad donde la semillas importadas, vulnerables y costosas pasen a segundo plano. Necesitamos crear variedades más productivas, resistentes y menos dependientes de fertilizantes.
Tercero, invertir en infraestructura de riego y drenaje, la base de toda competitividad agrícola. Después de El Niño viene la sequía, y quien no tenga riego está condenado al fracaso económico. Cada dólar invertido en riego devuelve entre seis y diez dólares en productividad y estabilidad rural.
Nada de esto puede ser liderado por improvisados. El presidente debe escoger a un profesional con formación en una universidad agrícola de prestigio, con experiencia nacional e internacional, capaz de adaptar no copiar soluciones exitosas de otros países. Y debe rodearlo de un equipo técnico de alto nivel, porque lo que viene exige lealtad y conocimiento con criterio y visión.
El Ecuador agrícola no necesita discursos: necesita ingeniería, ciencia, infraestructura y liderazgo técnico. Solo así el campo volverá a ser rentable, digno y capaz de retener a su gente. Solo así dejaremos de ver el campo como un problema y empezaremos a verlo como la oportunidad que siempre fue.
Finalmente necesitamos un campo rentable, digno y capaz de retener a su gente, el presidente debe colocar al frente del sector no a un profesional formado como administrador de finca, sino a un Ingeniero que entienda que la agricultura es un sistema vivo no un ministro que al sentirse acorralado presente semanalmente sus actividades de los próximos días, eso es absurdo, la conducción del Agro no se ejerce con miedo. Un ministro que dedica su tiempo a publicar tareas diarias en la prensa demuestra que no entiende la naturaleza estratégica del cargo. La conducción del agro no se ejerce narrando actividades, sino diseñando sistemas, corrigiendo fallas estructurales y anticipando riesgos. Cuando un ministro confunde comunicación con gestión el país pierde rumbo y el campesino pierde futuro. Si queremos un campo rentable digno y capaz de retener a su gente la solvencia técnica del nuevo ministro es fundamental para conducir el sector agropecuario que requiere el nuevo país.
Ing. Pedro Alava Gonzalez M.Sc.
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